EL CARABOBEÑO
Balcón Abierto del Cronista de la Ciudad.
Rafael Guerra Méndez y su tiempo
(En el homenaje póstumo rendido por el Concejo Municipal de Valencia a
este ilustre valenciano, el 22 de Octubre de 1966)
Debo empezar agradeciendo a la
Ilustre Municipalidad de Valencia la invitación que se me ha hecho para hablar
en este acto. Es ésta la primera vez que escalo esta tribuna, y me conforta y
me anima saber que he venido a ella acompañado por el recuerdo de un insigne
valenciano: el Dr. Rafael Guerra Méndez. Excelente oportunidad para que
tratemos de ver, aunque sea por breves instantes, algunos de los rasgos más
sobresalientes de su época, de su vida y de su obra.
El Dr. Guerra Méndez sigue siendo a la distancia un hombre ligado a la
cultura de Carabobo; un hombre de raíces profundas. Y no debemos olvidar que
aquellos hombres que se elevan sobre el nivel común, son como los árboles
cuando han crecido mucho, cuando sus ramas han alcanzado proporciones muy
altas, que dejan, al caer, raíces muy hondas, y esas raíces fecundan la tierra.
Hablar de hombres así, resulta fácil y agradable. Es como sentarse en una
tertulia de familia a comentar las cosas que pasan, para señalar lo que se ha
visto, lo que se puede tocar con las manos o con el pensamiento: lo que está al
alcance de todos, y a todos interesa. Es, en cierta forma, como si dentro de
ese viejo fenómeno de la simpatía compartida, estuviéramos haciendo el
inventario de un patrimonio espiritual nuestro, o tratando de encontrar en los
valores morales que nos han antecedido, el complemento psíquico que nos falta;
como si estuviéramos buscando el camino con la luz de una lámpara.
Hay hombres que aparecen de tarde en tarde, cuya vida puede servir de
ejemplo: éste es uno de ellos.
Nació Guerra Méndez el 24 de mayo de 1866 y murió el 9 de mayo de 1946.
Su vida abarca una parábola de ochenta años, durante los cuales ocurrieron en
Venezuela acontecimientos nacionales de mucha trascendencia. El fue testigo
presencial de algunos hechos, y por eso es conveniente que hoy, al asomarnos al
panorama humano y espiritual de su vida, tratemos de obtener también una imagen
clara, aunque esquemática, del escenario donde actúo. Una imagen conceptual de
su tiempo.
Debemos observar, en primer término, que su nacimiento se produce sobre
las cenizas todavía humeantes de la contienda federal. Tiene apenas un año de
nacido, cuando estalla la “revolución genuina”
del general Luciano Mendoza y, muy poco tiempo después, la “revolución
azul”; luego la “revolución de abril”. De este modo, sus primero años se ven
iluminados y sacudidos por la llamarada y el estruendo de nuestras luchas
intestinas. Es ya estudiante de bachillerato, cuando se produce en Valencia la
“revolución reivindicadora” del general José Gregorio Cedeño Valera, bajo cuyo
fugaz gobierno la Constituyente decreta el derribo de las estatuas de Guzmán
Blanco. Triunfante Cedeño, éste llama a Guzmán, que está en Europa, para que
reasuma el poder como jefe supremo de la llamada “reivindicación nacional”. Sus
estatuas son restituidas.
Más tarde, en la oportunidad en que Rafael Guerra Méndez alcanza su
grado de médico, el 15 de febrero de 1889, gobierna a Venezuela el Dr. Juan
Pablo Rojas Paúl, y en esa misma época son derribadas nuevamente las estatuas
del Ilustre Americano, esta vez con carácter definitivo. Sucede a Rojas Paúl el
Dr. Raimundo Andueza Palacio, quien al final del período propugna una reforma
constitucional para que este período suyo sea prorrogado a cuatro años, lo que
trae como consecuencia el estallido de la “revolución legalista” del general
Joaquín Crespo, contra las pretensiones continuistas de Andueza. Bajo el
gobierno de Crespo, se crea la Universidad de Valencia y se inaugura el
ferrocarril de Valencia a Caracas. Todo esto lo presencia el Dr. Guerra Méndez
desde el plano de su más absoluta dedicación, primero sus estudios, y luego a
la cátedra, al ejercicio profesional médico y a las investigaciones
científicas. Más todavía: su padre, el general Pedro José Guerra Silva, había
venido figurando como actor en ese inmenso drama nuestro, en las filas
amarillas del partido liberal. El, en cambio, tiene ya trazado un destino
distinto, y está dispuesto a cumplirlo. No se dejará tentar en ningún momento,
ni por ambiciones personales, ni por los halagos de la política, ni por el
contagioso espíritu de aventura que se respira por todas partes.
Guerra Méndez ha hecho sus estudios de medicina en el Colegio Carabobo,
que había sido elevado a Colegio Federal de Primera Categoría por decreto del
24 de septiembre de 1883, y una vez graduado de médico, pasa a ejercer en el
mismo colegio las cátedras de Anatomía, de Ciencias Naturales y de Patología
Interna, y también la de Literatura. Continuará después como profesor de la
Universidad de Valencia y regentará a la vez una cátedra libre de Química
Médica en el Hospital Civil donde su actividad profesional habrá de ser también
muy intensa.
Levantando en aquel torbellino de pasiones y de ambiciones desbocadas,
que caracterizó la segunda mitad de nuestro siglo XIX, en un ambiente que olía
a pólvora, tiene el suficiente cuidado de irse preparando espiritualmente para
la paz, para la acción renovadora, para el entendimiento común, y hace gala en
todo momento de una apasionado afán de servicio. Conservara hasta su muerte en
la carpeta de su escritorio, al lado de la Plegaria de Médico y del Juramento
Hipocrático, que resumen los principios fundamentales de la ética profesional
médica, un ejemplar muy bien cuidado de la Doctrina Cristiana de Ripalda, que
se sabía casi de memoria y que fue siempre en manos suyas un documento de
primera magnitud en la formación y orientación de sus actos. Llevaba la
filosofía del cristianismo hasta la médula de sus huesos.
Pasivo y pacifista, se conformará con empuñar más tarde un ardoroso
foete lírico para fustigar con él a los corifeos de la violencia, que él mismo
califica como “hombres sin hogar ni patria”. En efecto, en su “Canto del Arado
y de la Espiga”, publicado con dos poemas más en un hermoso folleto el 24 de
octubre de 1939, alude a los desmanes ocurridos en los días turbulentos de
nuestro país:
Musa de la tragedia, en el proscenio
Memorizas la historia
de aquellos hombres sin hogar ni patria,
que mirando el arado con enojo,
fundaban sólo su execrable gloria
en la cruda matanza y el despojo.
hijos del odio ruín y la añagaza,
enemigos tenaces de la idea,
todo lo aplasta el golpe de su maza
o lo destruye el fuego de su tea.
beliciosos, feroces, sanguinarios,
destruir fue su destino
y escombros y cenizas y osarios
los trofeos funerarios
que señalan su lúgubre camino…
Estos versos destilan desencanto, dolor, patriotismo herido.
Sin embargo, Guerra Méndez habría de mantener, y mantuvo siempre, una
serena actitud de observador frente a los avatares de nuestra accidentada vida
pública. Desde un plano puramente profesional médico, hace contacto en
determinadas oportunidades con algunos altos personajes de la política. Un día
de 1898, por ejemplo, es llamado para que atienda al general Joaquín Crespo,
que ha sufrido un acceso de pulmonía. Lo trata y lo cura. Con fecha 21 de
octubre de aquel año, Crespo le envía una expresiva tarjeta de gratitud,
acompañada de una bolsa de dinero para cubrir sus honorarios. Guerra Méndez le
devuelve el dinero sin tocarlo y le advierte que sólo deja la tarjeta como
recuerdo, pero que no puede aceptar pago alguno, porque los servicios que le
prestó, fueron totalmente desinteresados.
Otro día le toca atender con algunos colegas de Valencia al general
Cipriano Castro, con ocasión del percance sufrido por éste en la batalla de
Tocuyito de 1899. Esto lo hace igualmente en forma desinteresada. Castro va a
guardar desde entonces hacia él un señalado aprecio. Hemos visto algunas de las
tarjetas de invitación que le enviaba para ciertos actos sociales; una de esas
tarjetas se refiere a un baile dado por Castro en Valencia en 1890, “en
obsequio – dice – de la Sociedad de Carabobo y Valencia”. Y hay una nota final
que advierte: “Habrá un tren especial de ida y retorno para los invitados de
Aragua y Puerto Cabello”.
Ninguna de estas amistades va a ser especulada por él con fines
políticos. La vida privada sigue siendo su medio favorito. Si alguna vez acepta
un nombramiento, ha de ser para ejercer funciones de carácter médico-sanitario,
con la exclusiva idea de ser útil. No ocupará jamás un cargo público como
burócrata, sino como hombre dotado de la sensibilidad necesaria para servir a
su pueblo. Así lo vemos en el desempeño de la Inspectoría de Higiene del Estado
Carabobo, desde 1906 hasta 1911, posición que aprovecha para estudiar a fondo
las condiciones sanitarias de la región y para escribir su notable “Geografía
Médica de Carabobo”, presentada con singular éxito al Tercer Congreso
Venezolano de Medicina y saludada luego por la prensa nacional con grandes
elogios. Su actividad en ese cargo es
magnífica. Se empeña, entre otras cosas, como lo apunta su biógrafo, el Dr.
Fabían de Jesús Díaz, en lograr para el Hospital Civil de Valencia “un servicio
de Maternidad y el establecimiento de un pequeño Anfiteatro, que sirva de
centro de enseñanza de la Anatomía, sitio de ejercitación de los jóvenes
cirujanos y sala de verificación de autopsias”.
Para esa época sólo había en Valencia 24 médicos residentes. Hoy en
cambio, tenemos 282; es decir, diez veces más que entonces.
El único cargo ajeno a sus actividades profesionales o docentes ejercido
por el Dr. Guerra Méndez, va a ser la presidencia del Concejo Municipal de
Valencia, desempeñando por él entre 1894 y 1895 y a donde llega convocado como
concejal suplente. Lo primero que hace al asumir sus funciones de presidente,
es abocarse a la necesidad de que se tomen medidas para el ensanche urbano de
Valencia. Procede a adjudicar parcelas
de terrenos al sur de la ciudad a algunos vecinos que tienen la imperiosa
necesidad de construir sus viviendas allí. Vislumbra así, desde entonces, con
ojos de ciudadano y de médico, el cuadro social y clínico de nuestro
desarrollo.
Toca a este ilustre carabobeño, tan ligado a los intereses docentes y
culturales de la ciudad, presenciar desde cerca grandes acontecimientos
universitarios: el de la creación de la Universidad de Valencia por decreto del
General Joaquín Crespo, el 15 de noviembre de 1892, y el de la clausura de la
misma, junto con la Universidad del Zulia, por decreto del general Cipriano
Castro del 20 de enero de 1904. Un alto personaje de las letras y de la
política venezolana de entonces, informó al Congreso que estas dos
universidades habían sido clausuradas porque en Venezuela había muchos
doctores. Cuando sucedió lo primero, Guerra Méndez tenía 26 años; cuando
sucedió lo segundo, tenía 38. Buenas edades ambas para sentir con enérgica
profundidad la emoción de estos hechos.
Quizá por haber visto cosas tan desconcertantes como ésta de la clausura
de la Universidad, fue por lo que se convirtió es un escéptico frente a los
vaivenes políticos, aunque abrigando siempre en su interior sentimientos
liberales y profundos. Durante los
gobiernos de Castro y Gómez, se mantuvo silencioso y discreto, refugiado en sus
propias reservas. Quizá su última decepción política fue la sufrida el 27 de
octubre de 1940. Se celebraron ese día elecciones para concejales y también
para diputados a la Asamblea Legislativa. Era presidente del Estado el Dr.
Antonio Minguett Letteron y secretario general del gobierno el Dr. Carlos Joly
Zárraga. Sectores independientes habían escogido al Dr. Enrique Tejera como
candidato a ocupar un modesto escaño en la Legislatura de Carabobo. Ardió
Troya. Los paniaguados del oficialismo
arremetieron contra Tejera. Lo último que sucedió fue que el 26 de octubre; es
decir, la víspera de las elecciones, a las seis y media de la tarde, cuando ya
el proceso electoral había terminado, y cuando no había tiempo de hacer ninguna
aclaratoria, circuló profusamente en Valencia una hoja impresa, contentiva de
un telegrama apócrifo, como dirigido por Tejera a sus postulantes, renunciando
irrevocablemente a su candidatura. Una infamia.
Esta incalificable irreverencia contra su ilustre colega, la comentaba
el Dr. Guerra Méndez con justificada acritud.
Revisando sus viejos papeles, nos ha llamado la atención entre sus obras
inéditas un trabajo suyo titulado “Raza Americana” escrito en 1903. Utiliza
aquí un lenguaje rigurosamente técnico, como si quien hablara fuera un hombre
especializado en antropología. Todo para sustentar y defender la tesis de la
universalidad del origen del hombre americano. La copiosa bibliografía
consultada por él, nos da también una idea de su capacidad de investigador y
nos confirma la seguridad de que fue un hombre sumamente estudioso.
En todo caso, el campo médico es su campo. Funda en 1891, en compañía de
los doctores Luis Pérez Carreño, Alejo Zuloaga y Manuel Quintana, y del
odontólogo Luis María Cotton, una clínica para Niños Pobres, teniendo el buen
cuidado de instalarla en la esquina de San Francisco, donde hoy se encuentra el
edificio Guacamaya; es decir muy cerca de la Universidad, para que los
estudiantes de medicina se vayan interesando en el servicio asistencial
dispensando en ella. Esta clínica viene
a ser a un tiempo mismo centro asistencial y gimnasio de estudio: no sólo habrá
de atenderse a los niños, desde el punto de vista clínico, examinándolos,
recetándolos y hasta alimentándolos, sino que se establece un palenque de
discusiones mediantes conferencia de carácter contradictorio. El principal
animador de estas conferencias es el propio Dr. Guerra Méndez. La institución
dura siete años, siendo clausurada por razones de fuerza mayor en 1898, con
ocasión de la peste de la viruela que azotó la ciudad.
En estas cosas el Dr. Guerra Méndez es un hombre incansable: miembro
fundador de la Sociedad de Médicos Conferencistas del Hospital de la Caridad y
fundador y propulsor de otras instituciones de servicio, -Sociedad Mutuo
Auxilio, Sociedad Mutuo Amparo, Sociedad Mutuo Socorro de Acción Humana- . En
esta última comparte durante largos años sus tareas de bien público con otro
destacado filántropo valenciano: Don Ricardo Montenegro. También interviene en
la fundación de algunas instituciones culturales, como el Ateneo de Valencia,
en 1936.
Otro campo de acción humana donde el Dr. Guerra Méndez viene a desarrollar
una labor excepcionalmente útil, es la lucha contra el paludismo. Es el primero
en aplicar en Carabobo por vía hipodérmica las sales de quinina. Hace un
estudio exhaustivo del flagelo en el Estado Carabobo. Acusa un total de 1.250
defunciones en 1904 por esta causa y en su desesperado empeño por contribuir a
la solución del problema, elabora y da a la publicidad una serie de normas
higiénicas, con el nombre de “Decálogo del Viajero”, donde condensa con
bastante exactitud las medidas que debían aplicarse en aquellos momentos para
prevenir el terrible mal. Se destaca así como uno de los precursores de la
lucha antimalárica de nuestro país. Lamentablemente, no alcanzó a ver el
triunfo de esa lucha. Ni siquiera pudo darse cuenta de los resultados obtenidos
con la primera fumigación de DDT, hecha en la población carabobeña de Morón el
2 de Diciembre de 1945. Su muerte estaba cerca.
Los numerosos trabajos hechos por él, casi todos inéditos, sobre
cuestiones sanitarias e higiénicas, estudios botánicos y geográficos de
Carabobo, investigaciones filológicas, indigenistas, poesías y ensayos
históricos, así como su archivo personal, sus cartas, sus títulos, sus apuntes,
sus galardones y una infinidad de fotografías y de recortes de periódicos,
permanecen amorosamente guardados y custodiados por el celo vigilante de su
hija Lita Guerra, que tiene por todos estos documentos una especie de
veneración religiosa, mezcla de admiración y afecto. Ver estas cosas, es
realizar un viaje a través de la vida y obra del Dr. Guerra Méndez, hasta en
sus más mínimos detalles.
En reconocimiento a su aporte a las ciencias médicas venezolanas, Guerra
Méndez fue designado Miembro Correspondiente Nacional de la Academia de
Medicina el 18 de mayo de 1905, en compañía de otras dos notables figuras
científicas de Carabobo: Luis Pérez Carreño y Atilano Vizcarrondo.
Desafortunadamente, la capacidad de trabajo de este ilustre carabobeño
recibe un fuerte revés en 1913, cuando una verdadera hecatombe física le
paraliza sus dos piernas. Desde ese
momento va a ser prisionero de su propio destino dentro de los estrechos
contornos de su casa. Es ésta una prueba dura para su temple de patriota. No
podrá continuar con igual actividad la obra social médica que ha venido
realizando. Sin embargo, desde su silla de inválido seguirá atendiendo a sus
pacientes, a quienes antes visitaba en sus casas como médico de familia. Le
interesa, por sobre todo, la atención a los pobres y a los niños. Su tarifa de
honorario es irrisoria: Bs. 4,00 por consulta; a los pobres de solemnidad no
les cobrará nunca. Al contrario, les dará las medicinas o el dinero para
comprarlas. Ya se sabe, además, que por recetar a los niños, tampoco cobra
nunca, sean ricos o pobres. Así lo prometió recién graduado y durante más de
cincuenta años de ejercicio profesional, cumplió al pie de la letra esta
promesa. Su misión, respecto a los niños, responde a un interés mucho más alto.
De los 45 pacientes que atiende diariamente como promedio, la mayor parte son
pobres; la mitad, son niños.
Aprovecha por otra parte su invalidez para dedicarse a la lectura. Lee
libros de ciencia, de historia, de literatura, lo mismo periódicos y revistas.
Lee siempre. Y esta actividad intelectual suya viene a ser una válvula de
escape para el desahogo de su angustia.
Cuando lo visitamos por primera vez en 1940, Valencia es una ciudad muy
distinta a la que vemos hoy. Para darnos cuenta de la lentitud de su
crecimiento de entonces y del auge vertiginoso que obtuvo después, bastaría con
observar el resultado de los últimos censos. En el de 1936, los municipios
urbanos de la capital de Carabobo arrojaron 49.214 habitantes; cinco años
después, en el censo de 1941, el resultado fue de 54.749; es decir, 5.535 de
aumento, que equivale a 1.100 habitantes por año. En cambio para el censo de
1950, tenemos 88.701 habitantes: 33.905 habitantes en nueve años; o, lo que es
lo mismo: un aumento que se aproxima a los 4.000 habitantes por año; y
finalmente, en 1961, el censo acusa una población de 155.985 habitantes, lo que
significa un aumento de 67.284 en once años; o sea que durante el tiempo
transcurrido entre estos dos últimos censos, se observa una tasa de crecimiento
superior a los seis mil habitantes por año.
Existen todavía para entonces algunas características tradicionales que hemos ido perdiendo luego bajo el empuje
arrollador de nuestro crecimiento industrial y demográfico. La ciudad de
entonces calma su sed con el viejo acueducto que le había construido Guzmán
Blanco. Sus condiciones sanitarias son deplorables. No se ha emprendido todavía
con seriedad la revisión y construcción de sus cloacas; las aguas de los
albañales de las casas corren libremente por las calles, existen serias
enfermedades intestinales de origen hídrico; la tuberculosis, sobre todo,
campea por sus fueros; hay un índice de mortalidad más elevado que en cualquier
parte; Valencia ocupa el segundo puesto en tuberculosis en Suramérica; el
primero le toca a Guayaquil, Ecuador, la gente del pueblo dice con un sentido
gráfico de la realidad que lo rodea, que los obreros de Valencia dejan pegados
sus pulmones en los telares de las fábricas. Existe ya, sin embargo, el
Dispensario Antituberculoso fundado en enero de 1937 por los doctores Carlos
Ortega Gragirena y Víctor Yéspica. Luego vendrá la creación del Comité de
Defensa Antituberculosa de Carabobo – DAC- nombre sugerido por José Rafael
Pocaterra. Y nace, además, en esos mismos días, la campaña a favor del nuevo
hospital. El viejo hospital es estrecho, anticuado, insuficiente. “Valencia
necesita un hospital”, es la consigna. Y esta consigna aparece todos los días
en los periódicos, en la radio, en las paredes de las casas, en los vehículos
de transporte urbano, en los salones de cine; en todas partes.
En cuanto a las costumbres, la diferencia también es notable. No ha
llegado la moda de las urbanizaciones.
Existe en la ciudad cierto ambiente pueblerino, lleno de ingenuidad y de
encanto. Las muchachas, por las tardes, se acicalan y se asoman a la ventana;
allí, al amparo de los coloquios vespertinos, florecen algunos romances; o se
pasean por las calles de la ciudad, especialmente por la avenida Camoruco. Las señoras, por su parte, sacan sillas para
sentarse en las aceras a observar la gente que pasa y a recibir el ceremonioso saludo
de algunos transeúntes. De cuando en cuando, algún jinete alegra la calle. Los
tranvías van y vienen repletos de gentes de todas las edades. Cuatro vías
férreas convergen a la Plaza Bolívar: la de Camoruco, la de la Pastora, la del
Palotal y la de San Blas. El Teatro Municipal se utiliza como cine. Menudean
las tertulias en la Plaza Bolívar, en el bar restaurant Madrid, en el botiquín
de Marciano.
La atención cultural se concentra en el Ateneo. Este presenta en su
viejo rincón de la Calle Paéz, conferencias y recitales, exposiciones y conciertos;
actos diversos. Tiene dos vecinos inmediatos que, aunque incómodos para él,
aparentemente no le causan ninguna molestia: de un lado, el cuartel de la
policía; en frente, la tenebrosa visión de una agencia funeraria. La música que
sale por las ventanas del Ateneo, llega hasta las urnas. Un poco más allá, el
viejo reloj de la catedral va cantando y contando las horas, con la monótona
puntualidad de una noria.
Circulan tres periódicos en Valencia: “El Carabobeño”, “El Cronista” y
“Aborigen”. Algunos otros nacen y desaparecen, o circulan en forma irregular. Surge en esos días un grupo literario y
artístico muy entusiasta: El Grupo Estudios, fundado por Pedro Francisco
Lizardo y Braulio Salazar y que precisamente lleva ese nombre por haber sido
fundado en el pequeño taller de pintura de este último. Este grupo crea una
peña literaria en el Ateneo y promueve a la vez la publicación de algunas
obras, iniciándolas con los poemarios “Comarca de Amor” de Pedro Francisco
Lizardo y “Avenida sin árboles” de Rafael Ramón Aguiar. El Ateneo, por su parte
impulsa una iniciativa similar, publicando “Fragua”, de Felipe Herrera Vial, en
1938; “Canción del Agua Clara” de Pedro Francisco Lizardo, en 1939, y “Lampos y
Brumas” de Manuel Alcázar en 1940. Este último libro del poeta Alcázar, está
dedicado a Luisa Galíndez. María Clemencia Camarán ha dejado a un lado los
versos para dedicarse a vigilar y defender los intereses de los trabajadores;
La Madriz pinta sus Cabriales y Luis Eduardo Chávez sus Girasoles, mientras que
Braulio Salazar, entonces imberbe, lleva al lienzo las figuras de Manuel
Alcázar, de Sebastián Echeverría Lozano y del Dr. Rafael Guerra Méndez; un
antiguo profesor de arte de la Universidad de Barcelona, el Dr. José Lino
Vaamonde, perteneciente a las diáspora de la España peregrina; pontifica en el
Ateneo y cree en nuestros pintores jóvenes; cree, sobre todo, en Braulio
Salazar; Fray Luis de Barramedas recita sus versos por la radio; la buena
música está en manos del maestro Echeverría, de Luis López y de Francisco
Esteban Caballero; Manuel Feo La Cruz comparte su afición literaria con sus
actividades docentes; Eduardo Herrera escribe buenos versos; Arturo Castrillo
se regodea con el recuerdo de sus viejos
compañeros Baltazar Vallenilla Lanz y José Rafael Pocaterra y se dispone a
recoger sus cuentos en “Garúas de Enero”; Don Aquiles Zorda pasea su serena
ancianidad por las calles de Valencia, llevando bajo el brazo su libro de
crónicas añejas, “Viendo Pasar los Años”, que acaba de salir de los talleres de
“El Cronista”; de cuando en cuando Ponce Bello sacude el ambiente literario con
la detonante retórica de sus versos con la sonora arrogancia de algún discurso
de ocasión; Luis Guevara canta a Valencia y a la vez escribe romances de goloso
sabor hispano; Enrique Groscors hijo asoma con gran vigor sus garras de
cachorro; Miguel González y Pérez se entretiene cultivando el músculo de los
niños; Alfonso Gutiérrez Betancourt ha cambiado la miel de sus versos por la
miel de las abejas; Monseñor Rafael Antonio Torres Coronel despierta y
entretiene a sus feligreses con sus charlas radiales de las seis de la mañana;
Monseñor Gregorio Adam se complace en conversar por las noches con sus amigos
en la puerta del Palacio Episcopal; Luis Colmenares Días escribe sus primeros ensayos;
Rafael Zerpa se asoma ya a las páginas de los periódicos locales y de Caracas
para pregonar con alta voz las necesidades más urgentes de Valencia; Luis
Augusto Nuñez hace crónicas “De Norte a Sur” y sueña ya con la publicación de
su “Génesis y Evolución de la Cultura de Carabobo”.
En fin: Valencia, con todas estas cosas, sigue siendo Valencia. Y allá
en la Candelaria, reducido a su silla de inválido, el viejo Guerra Méndez
continua soñando y trabajando; continua leyendo y escribiendo versos y esperando
las visitas de sus amigos para charlar con ellos sobre temas diversos. Se
preocupa por mantenerse en contacto con la juventud, como queriendo buscar en
las ramas jóvenes los mejores frutos de su huerta. Y vive y practica así con el
afectuoso ejercicio de esta actividad amistosa suya, aquella consigna que el
general Páez hizo grabar alguna vez en el frente de su casa: “La vista de un amigo refresca como el rocío de la
mañana”.
Pero no es esto solo: Guerra Méndez viene a ser a un tiempo mismo
receptáculo y fuente de noticias. Está al tanto de todo; comenta con igual
propiedad los sucesos corrientes del día; como los acontecimientos políticos, o
el movimiento literario y artístico. Es un interlocutor admirable. Con razón
decía alguna vez el Dr. Víctor M. Ovalles en “El Cronista”, al hablar de sus
impresiones de Valencia, el 27 de agosto de 1921: “El Dr. Guerra Méndez habla
con la expedición del hombre que domina los temas. Oyéndolo conversar nos dimos
cuenta de su intensa cultura científica”, y más adelante agrega: “Es una
especie de enciclopedia médica viviente”.
Lo mismo pasa en el aspecto literario. Comenta la obra de los grandes
poetas, con la propiedad de quien se siente familiarizado con ellos. Tiene
saludable manía de analizar y comparar algunos versos. Nos dice, por ejemplo:
-
Darío fue un verdadero maestro cuando dijo
tal cosa. Este soneto de Lugones me gusta más que este otro de Guillermo
Valencia. Chocano y Amado Nervo son dos poetas muy distintos, pero en tales
poemas han coincidido en esto. Me parece genial José Asunción Silva cuando
interroga el infinito a través de las estrellas:
Estrellas, luces pensativas;
Estrellas, pupilas inciertas;
¿por qué os calláis si estáis vivas?
Y ¿por qué alumbráis si estáis muertas?
Y así sucesivamente.
Se regocija en recitar también sus propios versos. No es un declamador,
desde luego, pero lo hace con cierta gracia. Y sus versos tienen un valor específico.
Ha conquistado con ellos varios galardones literarios: Lira de Oro en 1910, con
ocasión de la coronación de la Virgen del Socorro, con su célebre poema “Madre
Mía del Socorro”; Violeta de Plata en los Juegos Florales de Ciudad Bolívar en
1823, con su soneta “Guayana”; primer accésit con su soneto “A Bolívar”, en un
concurso promovido en 1930, para conmemorar el primer centenario de la muerte
del Libertador.
Cuando le sobrevino la muerte en 1946, estaba a punto de ser nombrado
Cronista Oficial de la Ciudad de Valencia. Era el candidato ya aceptado para
cubrir ese cargo. Por una diferencia de tres días no recibió su nombramiento.
(En lugar suyo fue nombrado su hijo, Rafael Saturno Guerra, quien ha
desempeñado brillantemente este cargo)
Guerra Méndez no pensó nunca en salir de Valencia, ni antes de su
invalidez, ni mucho menos después de ella. Consagró su vida al afán amoroso de
servirla y dejó huella indeleble en los anales científicos y culturales de
Carabobo, prolongando, además, en sus hijos, el ejercicio profesional médico,
la afición a la historia y, como un desdoblamiento natural de su sensibilidad
artística, la disciplina temperamental y creadora de las artes plásticas.
Ejerció así, a cabalidad, la proyección natural del hombre.
Fue Guerra Méndez, en definitiva, un hombre de cualidades excepcionales
muy altas, animado de una triple fidelidad, que ojala sirva de lección para
todos nosotros: fue fiel a su destino, fiel a su tiempo y fiel a su pueblo.
Alfonso Marín
Valencia, 22 de Octubre de 1966
Relato integral de la trayectoria fecunda de la vida del insigne Dr. Rafael Guerra Méndez en la rica prosa de Alfonso Marín quien tanto le dió a Valencia como cronista.
ResponderEliminarRiqueza de información cronológica de nuestra historia para entender en cual ambiente se desarrolla su actividad médica y social.
Como médico accionista del Centro Médico Guerra Méndez hago este comentario ( primera vez en mi vida a los 81 años de edad) para expresar mi admiración por el Dr. R. Guerra Méndez y mi aplauso a Don Alfonso Marín quien lo elogia acertadamente.
Dra. Renate Sala de Bisotti, médico Hematologo , accionista del Centro Médico “Dr. Rafael Guerra Méndez”, director del Banco de Sangre del mismo, profesor titular (j) de la UC.
Desde niño tengo referencia del Dr.Guerra Méndez mi madre me decía que atendió a mi abuela en domicilio; ahora lo saludo en el hospital de niños, donde nos observa pasar a la sombra de las centenarias ceibas.
ResponderEliminarBuenos días excelente biografía que puedo leer con orgullo de tan ilustre venezolano nacido en nuestra querida Valencia gracias dra Renate Sala de Bisotti por compartir esta bella historia del dr Rafael Guerra Méndez
ResponderEliminarDra Bisoti, fui su alumno (XXV PROMOCION HCV), hoy Jubilado del Hospital General de San carlos y aún Profesor de la UC en la Cátedra de Etica medica... Tomare esta Biografía como ejemplo para mis estudiantes... Gracias. Le comentaréal Dr LUIS BIN ANTON... mi compañeero quien siemre la ha admirado... Mis respetos y Dios la Bendiga
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